El Diario de la Sumisa Elisa

CAPITULO 1: INTRODUCCION


Me llamo elisa, nací el 20 de Noviembre de 1985 en la ciudad de Colón, Entre Ríos, República Argentina. Mi infancia transcurrió en esta ciudad, a 350 km de Buenos Aires, viviendo con mis padres y mi único hermano.


Tengo muy lindos recuerdos de esas épocas. El Río ancho, caudaloso, las playas donde solíamos hacer nuestras travesuras, los amigos, la cuadra de mi casa donde andábamos en bicicleta, o la esquina, lugar obligado de encuentro con los compañeros de andanzas cuando caía el sol o el negocio de venta de materiales de construcción de mi padre, que todavía sigue atendiendo, y al que frecuentaba varios días en el verano, para ayudarlo en algunas tareas.


Mi casa, donde aún viven mis padres, sigue siendo mi refugio predilecto cuando una quiere huir de algo, o tomarse un tiempo para pensar, relajarme, o sentirme acompañada. Ahí una todavía se siente segura, contenida, y se respira un aire que indica que en ese lugar, nunca nada malo podría acontecer. Lamentablemente, por mis obligaciones laborales actuales, mis visitas son cada vez más esporádicas, pero cuando hay algunos feriados largos, y mi economía me lo permite, nunca dejo de escaparme por unos días a mi ciudad natal.


Cursé todo el colegio primario y secundario en un colegio religioso, de monjas. Un colegio de mujeres, estricto, con ciertas normas arcaicas, que forjaron gran parte de mi educación. De esos cuyo uniforme es una pollera (que obviamente no puede ser muy corta) color gris, acampanada, camisa blanca, una corbata roja (corbata para las mujeres, que locura), medias ¾ azules, y zapatitos negros. Colegio donde se reza al iniciar el día, y donde te inculcan que todo lo que tiene que ver con el sexo es pecaminoso o prohibido. Y cuando sales de ese ambiente, ves que las cosas son distintas, muy distintas a lo que te enseñaron.


Sin embargo, y a pesar de todo, me han quedado muy buenos recuerdos de esa etapa. He forjado amistades que ahora, por motivos de distancia, frecuento poco y nada.


Terminé mis estudios a los 17 años, con el título de Bachiller en Ciencias Comerciales, y ahí tuve que tomar la “gran decisión”: ¿Que voy a hacer del resto de mi vida?


Las opciones eran continuar viviendo en Colón, seguir disfrutando de mis amistades, de mi ciudad, de mi familia, buscar algún trabajo y tal vez seguir alguna carrera terciaria; o por el contrario, irme a otra ciudad.


Siempre me gustó vivir en Buenos Aires. La gran metrópoli. La ciudad donde hay de todo, la ciudad que nunca duerme. Y mi intención era seguir una carrera universitaria, cosa que en Colón se me hacía imposible.


Y ahí nació la gran puja con mis padres. ¿Cómo la “nena” se iba a ir a vivir a esa ciudad, llena de peligros a la vuelta de cada esquina? Me trataron de convencer de lo contrario, pero en ciertos aspectos son muy cabeza dura, y me mantuve firme en mi posición. Quería crecer tanto en mi carrera laboral, como personalmente. Igual, si la cosa no me gustaba, o me iba mal, estaba a solo 4 horas de mi casa natal. 


Llegamos a un acuerdo con mis padres. Ellos me dejarían ir a Buenos Aires, siempre y cuando quedara bajo el cuidado de mi hermano Claudio, que es 5 años mayor que yo.


Hice las valijas, y me fui a probar suerte, sola. Me instalé en el departamento que había rentado Claudio, y conviví unos meses con él.


A pesar que la relación con mi hermano siempre fue muy buena, algunos problemas de convivencia comenzaron a aparecer. El tomo un rol paterno hacia mí, asumiendo la responsabilidad de mi cuidado, sin duda, influenciado por cientos de presiones que ejercían sobre él mis padres.

Y la situación era sumamente incómoda para los dos. El perdía toda la independencia que había logrado años antes al radicarse en Buenos Aires, debía asumir una responsabilidad que no le cabía: y yo lo único que conseguía, era cambiar la protección de mis padres, por la de mi hermano. También me sentía atada, controlada, tal vez más que si estuviera en mi casa paterna.


Hubo algunos roces, y ambos sabíamos que la situación no podía continuar demasiado.


Así que ni bien me instalé en Buenos Aires, entendí que mi verdadera independencia iba a venir cuando tuviera una posición económica que me permita irme a vivir a otro lado.


Pero él al poco tiempo se puso de novio, y tenía intenciones de convivir con su pareja, así que yo no solo sobraba, sino que estorbaba.


Me puse a buscar un trabajo en forma urgente. A pesar de ser la gran ciudad, donde supuestamente las oportunidad abundan, no me fue fácil conseguir un empleo. Para una chica sola, recién salida del colegio secundario, sin experiencia, la situación no era fácil.


Al mismo tiempo me inscribí en la Facultad de Ciencias Económicas, para comenzar la carrera de Contador Público.


Estuve trabajando unos pocos meses en un negocio de ropa de mujer, sobre la calle Cabildo, en el barrio de Belgrano, hasta que conseguí un trabajo de Cajera de un importante supermercado, en el barrio de Palermo. Este trabajo, a pesar de no ser muy bien pago, tenía un horario reducido y flexible de 6 horas diarias, lo que me permitía compatibilizarlo con mis estudios.


Cursando el Ciclo Básico de la carrera, al poco tiempo, hice amistad con dos compañeras de estudio que también venían del interior del país. 

Sin embargo, ya con 19 años, conseguí un primer ascenso, y pasé a ser supervisora de cajas de ese supermercado, lo que me dio un poco de aire para irme a vivir sola.


Con mis amigas de estudio comenzamos a planear irnos a vivir juntas, a efectos de reducir los gastos comunes. Al poco tiempo logramos rentar, entre las tres, un pequeño departamento de dos ambientes, cercano a la Facultad.


Esa situación me permitió irme del departamento de mi hermano, y dejarle a él vía libre, para lo que quisiera hacer de su vida, al mismo tiempo que yo conseguía una cierta independencia. Desde ese momento, la relación con Claudio mejoró, y cada uno dejó de ser un estorbo para el otro.


No estaba sola, estaba viviendo con mis dos compañeras, todas casi de la misma edad, y si bien nos cuidábamos una a las otras, no ejercíamos un control mutuo, como podrían ejercer nuestros padres.


Pero tres mujeres juntas, compartiendo un mismo techo, tampoco era la panacea. Había diferencias, y muchas cosas hogareñas pasaban a transformarse en un problema, desde quien cocinaba, quien lavaba los platos, a quien se invitaba a casa, hasta que programa de TV se veía.


Una quería escuchar música, la otra no podía estudiar, y la otra salía de juerga y volvía a las 5 de la mañana. Había que compatibilizar y ceder ciertas cosas para que la convivencia sea más o menos civilizada, y no terminemos agarrándonos de los pelos. Antes de conocernos, éramos bastantes amigas y compinches, pero la convivencia tiró todo por la borda.  


Una de ellas dejó los estudios, y volvió a su ciudad natal, mientras que la que se quedó conmigo, a los pocos meses se engolosinó con un chico, y se fue a vivir con él.

Desde ese momento, casi no tuve noticias de ambas.


Así que, un poco deseándolo, y un poco a la fuerza, terminé yo sola, con 21 años, viviendo en el departamento.


Con mi salario de supervisora de caja del Supermercado, me costaba bastante pagar los gastos del departamento. Apenas me quedaba un resto para las restantes erogaciones, y algunas veces, tuve que salir a pedir ayuda a mi hermano o mis padres.


Mis estudios iban progresando. Al poco tiempo me encontraba promediando la carrera, así que puse todos mis esfuerzos en buscar otro trabajo, ya un poco más afín a lo que me estaba capacitando.


Hace ya  tres de años, logré ubicarme como “junior” en un Estudio Contable pequeño en el centro de la ciudad, que es donde estoy trabajando actualmente. Trabajo generalmente como liquidadora de impuestos de los clientes del Estudio, y mi horario es de lunes a viernes de 9 a 18 horas. 


Y hace ya más de dos años, he conseguido mí título. Ahora soy Contadora Pública.


Obviamente, logre una mejora en mi situación económica en mi trabajo, pero tampoco me alcanza para tirar manteca al techo.


Actualmente estoy viviendo sola, en un departamento del barrio de Caballito, de dos ambientes.


Vivir sola tiene sus ventajas y desventajas. Hay momentos que realmente quieres hablar con alguien, quieres compartir algo con alguien, pero no puedes. Hay momentos de silencio que quieres callar, y no puedes, a no ser que hables contigo misma, como una loca. Hay momentos que no quieres limpiar o cocinar, por ejemplo, y quisieras que alguien lo haga por ti.  O en esos momentos de depresión que a todos nos toman por sorpresa, y no tienes a nadie a mano que te levante el ánimo, o te diga una palabra que quieres escuchar.


Pero también tiene sus grandes ventajas: Hacer lo que quisiera, sin pedirle permiso a nadie, sin depender de nadie, tener una total independencia. Tienes todo tu hogar a tu entera disposición, para hacer lo que se te plazca, cuando y como quieras.


Ya con 27 años a cuestas, me he dado cuenta que disfruto estando sola. No podría decir que soy totalmente feliz viviendo sola, pero disfruto de eso. Creo que me costaría muchísimo lograr convivir con alguien más. Me he acostumbrado a escucharme a mí misma.


Considero que todo ser humano debe tener esos momentos de paz, de tranquilidad, de intimidad, que solo se logran estando una sola. Y cuando quieres estar con alguien, es mucho más fácil, lo buscas y punto.


Hay algunos días que vienen a Buenos Aires mis padres o alguna amiga de la infancia a visitarme a Buenos Aires, y yo, obviamente, los alojo en mi departamento. Pero noto como, pasado un cierto tiempo, ansío volver a tener mi hogar despejado y para mi sola.


Hay gente que en mi situación, desesperadamente busca un novio, un marido, o a alguien para convivir. No es mi caso, o por lo menos en este momento no lo siento así.


Mi vida social se limita a mis amigas. Somos un grupo de 4 chicas, que generalmente salimos juntas, Noelia, Mariel, Alejandra y yo. A Noelia la conocí en la Facultad, y a través de ella, conocí a las demás chicas. Solemos ir de vacaciones juntas, jugamos paddle todos los sábados, andar en bicicleta, e ir al cine, a bailar, a bares o a cenar juntas. 

Algunas veces también comparto algunas salidas, con mis primas, que junto con mis tíos se han radicado también en  Buenos Aires. Y de vez en cuando, cuando tengo algunos fines de semana largos, aprovecho para ir a mi ciudad natal, y visitar a mis padres y amigos de la adolescencia.


Hace un poco más tres años, ha acontecido un hecho que influyo muchísimo en mi vida. Conocí un chico, que en ese entonces tenía veintinueve años, casi cuatro más que yo. Era un compañero de estudio de la Universidad. Al poco tiempo de conocerlo, comenzamos a simpatizar, y no pasaron más de tres semanas para que comenzamos a salir.


Estar de novia con él fue un cambio rotundo en mi vida. 


Si bien nos queríamos mucho, o por lo menos yo creía eso, nunca hemos convivido, salvo algunos días que el pernoctaba en mi departamento, o algunas vacaciones que hemos tomado juntos.


Fue una relación muy fuerte, en la cual yo me sentía muy cómoda, muy acompañada por él, y que de a poco, fue despejando mis sentimientos de soledad, para dar paso a proyectar una vida juntos.


En esa relación fui yo, de a poco, la que me tuve que amoldar más a él. Me introduje más en sus gustos, sus amigos que lo que hizo él con los míos.  Pero sin darme cuenta, lo acepte y me sentía a gusto con ello.


De un día para otro, el paso a ser la persona más importante en mi mundo. Fue una relación idílica, por lo menos para mí, que dejó sus huellas profundas. Esos sentimientos, de repente, se desmoronaron como un castillo de naipes.


De una forma muy circunstancial, he comprobado que me era infiel, y nunca supe desde cuanto tiempo atrás el me engañaba con otra u otras mujeres.


Mi vida se vino abajo. Se me cayeron de repente todas las ilusiones y proyectos que tenía armados en base a esta relación. La persona a la que más había querido en el mundo, pasó a ser la más odiada por mí. 


Luego de dos años y medio, volví a ser la misma elisa de antes, solitaria, indecisa, cerrada en mi misma, pero ahora más que antes. Ahora estaba herida.


La tristeza, la bronca, los llantos, la depresiones, las culpas por no haber abierto antes mis ojos, y los cargos de conciencia preguntándome siempre que habré hecho mal para que esto me sucediera, pasaron a ser un estado casi permanente en esos meses de duelo posterior a nuestra separación.


Cualquier situación, como ser una canción, una película, una palabra. Me hacía recordar los tiempos pasados con mi ex-novio. Y la cabeza empezaba a mandar pensamientos contradictorios: De odio, de bronca, o, por el contrario, lo tendría que haber perdonado. Sentimientos contradictorios. Por lo que me hizo, no quería verlo más, pero muy profundamente, ansiaba volver a verlo, estar con él, hacer como si nada hubiera pasado, y volver a los tiempos tan agradables que pasábamos juntos.


Me transformé por esos tiempos en una persona arisca, que desconfiaba de todo el mundo, una persona encerrada en sí misma. Me sentía triste, enojada conmigo misma, y caí en los primeros meses posteriores a nuestra ruptura, en una especie de pozo depresivo. No rendía bien en mi trabajo, no quería salir de casa, y me pasaba muchas horas a solas, inclusive fines de semana enteros, sin salir a la calle; solo mirando TV o navegando por Internet.


De a poco, gracias a algunas sesiones ante mi terapeuta, la ayuda de mi familia, y sobre todo de mi mejor amiga Noelia, pudo ir saliendo de ese pozo depresivo en que me encontraba. 


Uno de los condimentos más importantes que tuvo la relación con mi ex, sin duda fue el sexual. 


En mi caso, provocó pasar a tener muy esporádicas relaciones sexuales, hasta tener relaciones frecuentes, casi diarias. Esto le daba a la pareja un fuego que la mantenía siempre prendida.


Con el correr de los meses, nuestra sexualidad se fue nutriendo de algunos juegos en la cama, generalmente propuestos por él, al que yo accedía muchas veces de muy buena gana.


Esos juegos, muy variados, podrían ser desde hacer el sexo en lugares no habituales, tales como un auto, el cine, un ascensor; ver conjuntamente películas pornográficas, tener diálogos telefónicos sumamente eróticos, sexo con las manos atadas, hasta probar algunas cosas que luego me he dado cuenta, estaban catalogadas como prácticas S&M.


Salvo en raras excepciones que no me presté a hacer lo que él me proponía, siempre accedí y nunca me arrepentido por haberme prestado para ello. En estos juegos, deposité totalmente mi confianza en él.


En medio de mi depresión psicosomática, sola buscando como paliar mi aburrimiento cuando llegaba a casa, he adquirido algunas costumbres poco habituales. Me sentaba en la PC, frecuentaba algunos páginas de periódicos por algunos minutos, o el Facebook. Pero al poco rato, casi sin darme cuenta, entraba en algunos sitios de sexo, o pornográficos. No sé qué es lo que llevaba a eso, si era que mi cuerpo pedía a gritos excitarse, o si era la única manera que mi mente se concentraba en lo que tenía ante mí sin pensar en otras cosas, o indirectamente era una forma muy rebuscada de sentir que yo también estaba engañando a mi ex. 


Nunca supe la causa de porque, de un día para otro, fui tomando esa afición. Sin duda había cosas que me satisfacían de hacerlo, pero nunca sabré la causa. Creo que esto fue lo único que finalmente le terminé ocultando a mi terapeuta. Nunca me animé a decírselo en ninguna sesión. Me daba mucha vergüenza que ella lo sepa. 

No era algo nuevo para mí. 


Muy de vez en cuando, mi ex alquilaba una película pornográfica, de esa que duran más o menos tres cuartos de hora. Nos poníamos ambos, a la noche, a mirarla. Y la verdad que nunca terminábamos de verla, ya que a los pocos minutos, estábamos los dos revolcándonos en la cama.


La cuestión era que ahora no estaba con él. Buscaba un video por Internet y lo veía, para al poco tiempo, terminar tocándome y masturbándome frente a la pantalla, como si fuera una adolescente. 


Luego del éxtasis, era como que volvía a la realidad que no quería: a la soledad, a la tristeza.


Mi estado de ánimo, y la forma que me sentía, hicieron que durante un largo tiempo no estuviera o saliera con ningún chico. Mis amigas y mis primas, se ofrecieron para presentarme todo chico que estuviera dando vueltas, pero sistemáticamente yo me negaba.


Solo tuve una corta experiencia con un chico que conocí el verano pasado, cuando me fui de vacaciones. Pero la realidad, es que todavía no me siento para segura para establecer una relación formal. Le tengo miedo. Miedo a volver a fracasar, miedo a que me pase lo mismo nuevamente, y estoy segura que un segundo fracaso tan cercano al primero me dejará por el piso.


Así que luego de una lenta recuperación, me siento ahora mejor, me fui estabilizando, ya dejé mi tratamiento psicológico, y hago una vida normal, digamos acompañada por mis amigas, por mi familia, por mi tranquilidad y mi soledad, pero no quiero nada por ahora que me vuelva a complicar la vida. Me siento que rindo mejor en el trabajo, y me volqué nuevamente a cuidar mi cuerpo con algunas prácticas deportivas, cuando el tiempo libre me lo permite.


Sin embargo, mi afición cibernética nunca fue abandonada. Con menor frecuencia que antes, mucho más controlada, siempre en secreto, la seguí y la sigo manteniendo, con algunas variantes.


Andar por esas páginas virtuales de sexo, hizo que con el correr del tiempo, frecuentara ciertos chat sobre la materia. Conocí gente virtual, donde amparada por mi anonimato, estando en la tranquilidad de mi casa, me comencé a codear con todo tipo de personajes, algunos que solo querían un momento de sexo cibernético, y otros que buscaban otras cosas.


En esta selva de animales excitados, entre los cuales me incluyo, podía conseguir una charla amena con algunos hombres o mujeres, hasta saciar mi instinto sexual, pero ya no sola, sino acompañada. Solo palabras escritas, alguna imagen, mucho de imaginación, nada de riesgo. Si la situación no me gustaba, cambiaba de canal, o de Nick, y a buscar de nuevo. Sin sonido, sin tacto, sin visión, sin un roce piel, sin olores.

 Es lo que las nuevas tecnologías nos ofrecen en este mundo ahora. Sin ser lo ideal, cubría grandes porciones de mis necesidades, para una persona introvertida como yo.


Hasta me maravillaba lo que una puede decir, o escribir en estos sitios, y que nunca en la vida, cara a cara con otra persona, podría hacer. Pero nunca lo quise llevar al terreno real, a pesar que tuve varias proposiciones.


Con el correr de los días, aprendí y disfruté de esto. Desde el anonimato, desde la tranquilidad de mi casa, sin riesgos, me fui metiendo en otras temáticas, siempre cibernéticamente. En esos sitios tabúes, donde una descubre por casualidad que existen, y donde me adentré, pero que una vez adentro, se hace difícil salir.


Hay un dicho que dice que “La curiosidad mata al hombre” (En este caso a la mujer), y nada mejor para expresar mis experiencias.


Comencé a prestarle mayor interés a las de la temática relacionada con la sumisión/dominación. Al principio, solo lo hacía a título de curiosidad, descubriendo un mundo totalmente desconocido por mí. Veía fotos, videos, y me hice bastante adicta a los relatos del tema. Lo hacía desde mi trabajo, (generalmente en las últimas horas) o ya directamente desde mi casa, y no pasaban más de dos o tres días, como máximo, que a pesar de pensar que no estaba haciendo algo correcto, volvía a hacerlo. Era como una especial de necesidad, que me hacía volar los ratones, y me excitaba terriblemente, mucho más que el cyber sexo.


Al no tener personas conocidas con la cual hablar del tema (lo cual seguramente no me hubiera animado a hacer), comencé a frecuentar los chats de Dominación/Sumisión y a inscribirme en algunas páginas de esta temática. En esos chat, ya de entrada adopté el rol de sumisa. No porque estuviera convencida de ello, sino porque el rol de dominante estaba segura que no me cabía para nada.


En los chat, mi suerte fue variada. He conocido bastante gente (Generalmente de otros países); de algunas puedo rescatar que me han enseñado o abierto la mente a ciertas cosas, y de otras que es mejor perderlas que encontrarlas.


Muchos, luego de conversar 5 minutos, ya te querían dominar, humillarte y aplicar el látigo virtual. No eso no es era para mí. Salía corriendo como una liebre de esos supuestos Amos/as, que solo querían pasar un rato, nada más. Siempre en mí, estuvo buscar algo más profundo.